09/04/2018

Insomnio

Una noche más, y ya iban tres aquella semana, era incapaz de conciliar el sueño. Demasiados problemas que, aún sin ser demasiado graves, formaban un laberinto en el que me atascaba durante horas.

Miré el despertador: las 3 y media de la mañana. Quería dormir, ¡lo necesitaba! Pero cuando trataba de evadirme del mundo, mi cabeza encontraba siempre la forma de mantenerme despierta. Pensaba en mi novio y las dudas me asaltaban sin piedad ¿me quería realmente o era solo su plan B? A veces tenía la sensación de que para él, tan solo era un segundo plato. Alguien con quien estar tras el fracaso con el "amor de su vida". Y yo, ¿le quería? Me gustaba estar con él, no lo podía negar, y tras dos años de relación, eso no había cambiado. Me divertía, me hacía reír, pero ¿me sentía especial? ¿Me había sentido nunca especial cuando me miraba? Durante las tres últimas noches había encontrado mil razones para dejarle, para tirarlo todo por la borda y, sin embargo, a la mañana siguiente me faltaban fuerzas para hacerlo. Intenté quitarme el tema de la cabeza, prometiéndome a mi misma que a la mañana siguiente le llamaría para hablar, para encontrar un final, fuera el que fuera.

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Un nuevo vistazo al despertador y una oleada de pánico se apoderó de mí. Las 3:48, con suerte podría dormir 4 horas y a la mañana siguiente tenía prácticas en el laboratorio. Solo con pensarlo me angustiaba más, y aún así, no podía evitarlo. Hacía tiempo que tenía claro que odiaba aquella carrera, creo que lo descubrí durante el primer curso. El miedo, que intentaba disfrazar de orgullo, me impedía abandonar ¿Qué alternativa tenía? Además, por poco que me gustara, como mínimo me daba un propósito. El camino estaba fijado y tan solo tenía que ir aprobando asignaturas para acercarme a la meta. Pensar en lo que vendría después simplemente me aterraba, así que iba paso a paso. Ya me preocuparía por el futuro cuando se presentara.

La tentación de mirar el reloj me acuciaba otra vez, pero harta, me levanté y lo arrojé violentamente al cajón de la cómoda. Solo quería dormir, descansar de una puñetera vez, pero nunca había estado tan despierta. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, demasiado en lo que pensar. Estaba completamente saturada. Angustiada por todo e incapaz de poder solucionar nada por muchas vueltas que le diera. Sentía un gran vacío en mi interior, en la habitación, en el mundo. Me sentía sola, desamparada, sin nadie a quien le importara. Habría dado cualquier cosa por un abrazo y unas palabras de ánimo que me tranquilizarán. Pero allí estaba, sola y sin nadie a quien acudir. Quería gritar, destrozar algo, pero era incapaz de moverme y solo podía llorar en silencio, con rabia.

- ¿Quieres dormir? – Una voz penetró en mi cabeza como un rayo. Al escucharlo dejé de llorar al instante, pero todo estaba en completo silencio. No se cuanto tiempo estuve sin siquiera atreverme a respirar, atenta al más mínimo ruido, pero cuando por fin me convencí de que lo había imaginado, de algún lado volvió a surgir la pregunta.

- ¿Quieres dormir? – Intenté decir algo pero me sentía paralizada de puro terror.

- Si quieres puedo hacer que descanses como nunca lo has hecho, ¿es eso lo que quieres? – La voz llenaba la habitación, sin venir de un lugar en concreto. Era extraña pero sugerente y me prometía lo que, en esos momentos, más anhelaba. Asentí en la oscuridad, incapaz aún de articular palabra.

 

- Concéntrate en mis palabras, deja que te controle y te guíe. No te resistas y pronto podrás descansar – Uno a uno, los problemas desaparecían de mi mente, sustituidos por el eco de esa voz cálida y familiar. Oír esa voz, escucharla, me iba relajando y la angustia y la soledad parecían ahora un lejano recuerdo.

Sin querer impedirlo, me abría más y más a ella. Dejé que penetrara en mí a su antojo, que controlara mi voluntad y mis actos y cuando quise darme cuenta estaba completamente a su merced. Un atisbo de conciencia, una señal de alarma, intentó revelarse ante la intrusión.

- Tranquila, no pienses. Solo déjame actuar y disfruta – Esa hipnótica voz consiguió derrotarme con una sola frase. Mi cuerpo ya no me pertenecía, no era mío y empezó a moverse poco a poco al ritmo de una música que no podía llegar a escuchar pero que de alguna manera percibía. Acostada, mis piernas se abrían y cerraban lentamente mientras mis manos buscaban mi cuello y lo acariciaban.

 

Era una sensación muy extraña. Mi cuerpo se movía por propia voluntad pero, al mismo tiempo, lo podía sentir con más intensidad que nunca. Como si al no tener que controlarlo, pudiera centrar toda mi atención en las sensaciones que me provocaba.

Una parte de mi seguía queriendo liberarse, retomar el control, pero las sensaciones eran demasiado intensas, demasiado embriagadoras como para poder resistirlas. Podía sentir cada parte de mi cuerpo moviéndose al ritmo que marcaba esa sugerente melodía, el roce de la tela sobre mi piel y el lento y suave cosquilleo de mis dedos en el cuello que me estaba volviendo loca. Mis ojos se cerraron, me sentía tranquila, relajada. De pronto, un profundo suspiro invadió la habitación y, entregada como estaba, tardé unos segundos en darme cuenta que era mío y que me estaba excitando más de lo que creía posible.

Mi mano izquierda empezó a ascender lentamente hasta llegar a mis labios, mientras que la derecha se decidía por el camino contrario y empezaba a acariciar suavemente mis pechos por encima del camisón. Los masajeaba sin prisa, casi con veneración, como si tuviera toda la eternidad para hacerlo. Ese ritmo lento me exasperaba pero al mismo tiempo conseguía que me evadiera de todo y que me centrase solo en el suave tacto de la tela y en la sensación tan placentera que me producía. Sin previo aviso, dos dedos se cerraron sobre el pezón. Fue un simple escarceo, apenas un roce, pero bastó para sacarme un leve gemido que me hizo tomar conciencia de que ya no había vuelta atrás. Toda yo estaba disfrutando como nunca, y en mi interior, la voz me decía que esto tan solo era el principio.

Como si mi gemido hubiera sido una señal, la extraña música que me dominaba se aceleró. Eran tambores de guerra antes de un asalto que me hicieron estremecer pensando en lo que podía pasar a continuación. Sin darme tiempo a reaccionar, ambas manos se apoderaron de mis pechos salvajemente y mis piernas se abrieron hasta casi dolerme. Nada pude hacer para disimular los gemidos que ese inesperado ataque me provocó.

Asustada, noté como algo húmedo y caliente entraba dentro de mí. Quería gritar, pedirle a la voz que parara y no ser capaz de hacerlo me aterrorizaba aún más. Me sentía poco más que un juguete sometido a algo que ni siquiera entendía.

Mientras, esa cosa seguía hurgando en mi interior, penetrándome al ritmo de la música. Cada vez más hondo y moviéndose rápidamente en círculos. Su habilidad y precisión eran tales que el miedo se rindió al placer más salvaje y primitivo.

Ya no había temor ni duda. Mi parte racional había quedado sometida al apabullante placer, vencida por el deseo y por la urgente necesidad que me consumía. Empecé a gemir más y más fuerte, sin pensar ya en el escándalo que estaba montando ni en mi hermana, que dormía en la habitación contigua.

Mis caderas empezaron a elevarse al ritmo que marcaba esa cosa en mi interior, presagiando la llegada del tan anhelado orgasmo. Mis manos seguían aferrándose a mis pechos, masajeándolos y pellizcándolos de tal manera que placer y dolor eran uno. Notaba como el orgasmo estaba muy cerca, apenas a un suspiro, pero por alguna razón no podía alcanzarlo. Me sentía tan fuera de mí, tan excitada, que noté como los ojos se me humedecían. Estaba llorando de placer y de ansia por correrme.

- ¿Quieres acabar?– la voz sonaba encantada de verme completamente entregada.

- Ya sabes que tienes que hacer, ¿verdad? – sí, de algún modo lo sabía. Lo que esa voz quería a cambio de ese orgasmo era mi vida entera. Quería que la obedeciera, que me dejara guiar por ella en todo momento. Quería usarme, convertirme en una simple herramienta de su voluntad. En otras circunstancias me habría negado horrorizada, pero había llegado a un punto sin retorno en el que lo único que me importaba era culminar ese torrente de placer. La promesa de ese orgasmo era demasiado fuerte, demasiado tentadora como para negarme. Así que acepté, me rendí feliz a ella.

Mis ojos se abrieron bruscamente cuando una de mis manos bajo a la entrepierna. Bastó un simple toque, frotar levemente el clítoris, para desatar la locura. Oleadas de placer invadieron cada poro de mi cuerpo, mientras el ser que me penetraba continuaba describiendo círculos en mi interior provocándome violentos espasmos. Gemía, gritaba extasiada, me retorcía de placer mientras la música se iba apagando y sentía como poco a poco iba recobrando el control de mi cuerpo. Noté como el ente salía de mi interior y lo substituí por mi mano para prolongar el orgasmo. Ya plenamente dueña de mis acciones, seguí masturbándome con furia durante un largo rato, incapaz de saciarme del todo. Tras dos orgasmos más, caí exhausta sobre la cama.

Estaba tan cansada que aún tardé un rato en ser consciente de que la luz de mi habitación estaba encendida y que mi hermana me miraba pasmada desde la puerta. Al verse descubierta, apagó la luz y salió corriendo hacía su cuarto. Me levanté para perseguirla pero algo en mi interior me dijo que era hora de descansar y que ya tendría tiempo de ocuparme de ella. Incapaz de resistirme, volví a la cama y con solo apoyar la cabeza en la almohada me quedé profundamente dormida.

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