09/04/2018

Gintonic

Me llamo Mauricio (Morís me han llamado toda mi vida, quizás porque mi madre se crió en Francia), tengo cuarenta y tres años y soy funcionario de ayuntamiento, ahora en excedencia, de un pueblo muy cercano a León. Alto, grandón algo pasado de peso, con una cuidada cabellera de pelo muy negro de la que siempre me he sentido muy orgulloso, con fama de ser un solterón educado, simpático y algo tímido y, añado yo, salido, tremendamente salido desde que tengo memoria sexual, siempre necesitado de un buen polvo y una buena corrida. Nunca se me han dado muy bien las mujeres así que puedo acreditar que soy todo un experto en pajas, me he hecho mogollón de pajotes desde mi más tierna adolescencia.

 

Así he sido hasta hace poco más de un año, aunque mejor empiezo por el principio: un grupo de cuatro amigos solteros compañeros del ayuntamiento nos organizamos un viaje el pasado verano al Caribe mejicano, un paraíso de mar, playa, selvas, copas y posibilidad de sexo con europeas y norteamericanas que es lo que allí van buscando. Naturaleza exuberante, hoteles fantásticos, copas a tope, gente amable y agradable, mis tres amigos ligando sin problemas y yo sin comerme una rosca, como casi siempre.

 

Un sábado que anunciaba tormenta me apunté a una excursión a un escondido paraje de la zona selvática en donde admirar restos arqueológicos. Para restos, algunos de los que íbamos en el autocar: media docena de cuarentonas tetonas yanquis resacosas, cuatro parejas de recién casados ingleses que no paraban de besuquearse y meterse mano de manera que todos nos diésemos cuenta y yo, sentado al fondo del autobús con unos cuantos alemanes ruidosos que se van pasando constantemente entre ellos una botella de tequila.

 

Al poco de llegar al poblado maya (parece un decorado preparado en mitad de la selva para crédulos turistas) comienza una tremenda tormenta con mucho aparato eléctrico. Ni siquiera me da tiempo a refugiarme: un rayo cae junto a mí destrozando una cabaña de venta de souvenirs y mandándome a seis metros de distancia. Despierto minutos más tarde sin saber qué ha pasado ni dónde estoy, dolorido como si me hubieran pegado una paliza y con un desagradable sabor metálico en la boca que no me quita el agua que me dan. Todo el mundo está arremolinado a mi alrededor mirándome con expresión de incredulidad en la cara, haciendo gestos de sorpresa y pidiendo un médico que, desde luego, no hay.

 

Al cabo de un rato traen a un viejo curandero indígena pequeño y renegrido, arrugado como una pasa, que habla sin parar en una lengua para mi desconocida y que me da a beber un brebaje oscuro de sabor amargo que me sabe a algo así como un gintonic calentorro muy cargado. Mano de santo: empiezo a reaccionar y noto como va pasando el malestar general hasta que logro ponerme en pie y caminar hasta un bar cercano. ¡Horror!, me acabo de ver reflejado en un espejo de pared: mi pelo largo y negro se ha convertido en una especie de estropajo gris blanquecino y como tengo la camisa abierta (los botones han desaparecido) observo que el vello de mi pecho también está blanco.

 

No se si echarme a llorar y cuando aún no he tenido tiempo de reaccionar, el viejo chamán se sienta a mi lado, sonríe de oreja a oreja y con voz ronca apenas audible me dice al oído algo parecido a esto: "has tenido mucha suerte, eres un elegido de los dioses y el rayo te ha traspasado su poder. Nadie te podrá negar nada ni oponerse a tu voluntad siempre que tomes "el polvo de la condesa" y fijes tus ojos en los de la otra persona para pedirle lo que quieras". Siguió hablando todavía un rato hasta que le di cien pesos por las molestias, hizo una serie de gestos convulsos con su bastón por encima de mi cabeza, me dio un fuerte abrazo y se marchó tan contento, no sin repetirme: "mira fijamente a los ojos de las personas y toma "el regalo del árbol de la fiebre", serás un dios, dominarás a quien tu quieras con tu mente".

 

De vuelta en Cancún inmediatamente me dirigí al médico del hotel, quien me aseguró que estaba perfectamente, no supo darme una explicación creíble por el cambio de color del pelo y me recetó diversión, sexo y unos tragos de tequila. Ah, me explicó que "el polvo de la condesa" es la quinina, que se extrae de la corteza del "árbol de la fiebre" y que es muy valorada como medicamento por los indígenas de esta zona, que la consideran un regalo de los dioses y la emplean en sus prácticas mágicas y religiosas.

 

Mis amigos se habían ido tres días a Veracruz enrollados con unas maestras italianas, así que sin nada que hacer me fui a cortar el pelo, muy cortito por primera vez desde que salí de la mili, y después de un relajante baño (joder, hasta mi frondosa mata de vello púbico es ahora gris blanquecina) me dirigí a uno de los bares del hotel. Nunca he sido muy bebedor, pero en honor al curandero pido un gintonic por aquello de la quinina (no me gusta nada el sabor de la tónica sola) y observo el panorama a mi alrededor hasta que una de las norteamericanas que había hecho el viaje a la selva conmigo se acerca a saludarme. La gringa es una mujer de unos cuarenta y ocho años, con el largo pelo de un rabioso rubio pajizo, pasada de quilos y vestida con una camiseta de tirantes ajustada, muy escotada y con una corta falda vaquera que le da aspecto de zorrón exhibiendo sus abundantes atributos. Con las ganas que tengo de mojar es para mí un manjar e intento en mi rudimentario inglés hacer lo posible para que nos vayamos a la cama.

 

No me hace falta mucho esfuerzo, entiende muy bien el español y habla un espanglis perfectamente comprensible, además, es ella quien rápidamente toma la iniciativa, me besa varias veces, se aprieta contra mí y tras pedir dos nuevas copas me lleva de la mano camino del ascensor. Subimos a mi habitación y en el pasillo me mete la lengua hasta las amígdalas al mismo tiempo que aprieta con fuerza mi crecido rabo y se pone a gemir en voz baja con un siseo que parece una olla exprés.

 

Nada más cerrar la puerta de la habitación la mujer se arranca la ropa y veo ante mí un exceso de curvas y quilos que me excita un montón. Las tetas de Diana (así me dijo su nombre, en castellano) son las más grandes que he conocido nunca: dos cántaras como balas de cañón, ya algo caídas, muy morenas sin marcas de biquini, con pezones oscuros, rugosos y muy gruesos; le sobra algún que otro quilo en la cintura, pero no le sienta del todo mal la tripa redondeada bajo la que el escaso vello del pubis, también rubio pajizo, apenas esconde unos gruesos labios vaginales húmedos y brillantes. Tiene un culazo de una vez: grande, en forma de pera, duro y unos muslos también gruesos sujetos en unas piernas largas y finas. A mí me parece que está buena y cuando rápidamente me desnudo luzco una polla tiesa y dura que debe gustarle a la yanqui, porque se lanza a mamarla con una cierta desesperación, como si se la fuesen a quitar. Me encanta ver a esa mujerona arrodillada ante mí, dándose un festín con mi rabo, lamiendo, chupando, mordiendo, apretando y meneándolo hasta que no aguanto más y eyaculo sin avisar, soltando varios chorros de lefa que Diana no traga, sino que lo deja salir fuera de su boca y lo extiende por la cara y las tetas como si fuera una crema.

 

Me tumbo en la cama mientras la mujer se pone a mi lado acariciándose suavemente el sexo, poniendo ojos de cordero degollado y diciendo que ahora le toca a ella. Tengo sed, doy un largo trago al gintonic que dejé en la mesilla y en ese momento recuerdo al chamán indio y me asalta la idea de probar si hay algo de verdad en lo que dijo, aunque, sinceramente, sin ninguna confianza. Miro fijamente a Diana a sus ojos y digo para mí, sin mover los labios ni emitir sonido alguno: "levántate de la cama, arrodíllate y camina a cuatro patas hasta el baño, orina con la puerta abierta y vuelve acariciándote las tetas con las dos manos". ¡Joder, dicho y hecho!. Parece cosa de brujería, no me lo puedo creer, no puede ser, ha hecho todo lo que le he dicho; ¡ésto es cojonudo!.

 

La mujer sigue de pie acariciándose las tetazas a dos manos, hasta que reacciono y le "ordeno" que me la chupe para ponérmela otra vez dura. Durante unos minutos no dejo de jugar con Diana, dándole órdenes mentales y sintiéndome muy bien, pero que muy bien, al ver que cumple inmediatamente cualquiera de las chorradas que se me ocurren. No me hago aún una idea clara de lo que pueda significar esto, pero al ponerme el condón me descubro la polla más tiesa, dura, hinchada y roja que he tenido en toda mi vida. Penetro de un golpe a la rubia gringa, que me espera de pie apoyada en el minibar, doblada por la cintura y con el sexo mojado como una fuente. Le pego durante un buen rato una follada rápida, profunda, agarrándome con fuerza a sus caderas, hasta que eyaculo con los ojos cerrados, dando un ronco grito y sintiendo que ha sido la mejor corrida de mi historia. ¡Joder, qué polvo más bueno, qué gozada!.

 

Le pido que me quite el condón usado, lo que hace sin molestarse, y nos acostamos de nuevo en la cama. Apenas recupero la respiración tengo unas tremendas ganas de comprobar de nuevo "mis poderes mentales", no olvido tomar un par de tragos de gintonic y mirando a los ojos a Diana "le pido" que se tumbe boca arriba en el borde de la cama con una de las almohadas bajo su culo para que pueda penetrar su moreno, redondo y apretado agujero trasero. Hasta este momento nunca le he dado por el culo a una mujer y me muero de ganas por probarlo.

 

Estoy muy excitado, con una erección tremenda y un poco nervioso, porque a pesar de llevar ya un buen rato comiéndole el culo a la yanqui grandona llenándoselo de saliva y de meterle poco a poco los dedos impregnados en un suave gel lubricante que ella lleva en su bolso, cuando intento meter mi polla no lo consigo, además de que, aunque no se queja, parece evidente que le duele.

 

Ya no puedo ni quiero esperar más, me tengo que follar este culo y empujo con fuerza ayudándome con la mano, de manera que en apenas tres o cuatro fuertes empujones el poco dilatado agujero acepta mi rabo duro, tieso, grueso, rugoso, rojizo y brillante por la gran cantidad de saliva y lubricante que le he puesto. Diana gime en voz alta y da algún que otro gritito mientras recibe mis gruesos diecisiete centímetros y los siente avanzar muy lentamente hasta que mis huevos casi hacen de tope.

Enseguida empiezo un lento movimiento adelante-atrás y al mismo tiempo le hablo en voz baja: "¿te gusta, eh?, qué guarra eres; qué golfa y zorra, cómo me excita tu culo de perra salida". Al terminar cada una de mis frases la mujer suelta un excitante gemido y al poco rato el metisaca es ya rápido y fuerte y los dos respiramos con fuerza (ella sigue silbando como una olla a presión) a la espera del deseado orgasmo que nos llega casi al mismo tiempo: primero yo, que descargo toda mi leche dentro del culo y después la mujer, que no ha dejado de acariciarse el clítoris mientras era enculada. ¡Cómo mola el sexo!.

 

Le saco la polla blanda con facilidad y me sorprende dándome un suave beso en los labios. Casi inmediatamente nos quedamos dormidos y antes de que el sueño me venza una gran sonrisa ilumina mi cara. ¿Será verdad que esto de la quinina funciona?, tengo que seguir probando.

 

A la mañana siguiente Diana se marcha a su habitación no sin antes quedar conmigo para cenar en uno de los restaurantes del hotel. Esta vez no me ha hecho falta el poder del gintonic.

 

Cuando bajo a desayunar mis amigos ya están de vuelta de Veracruz y tras unos primeros momentos de sorpresa por mi aspecto me convierto en centro de sus bromas porque no se creen que me haya caído un rayo encima. Por supuesto, nada digo de lo del curandero y el gintonic.

 

De entre mis compañeros de viaje hay uno al que, a pesar de varios años de compartir trabajo en el ayuntamiento, no trago demasiado: Antonio. No es mal tipo, pero siempre va de listillo y se cree el ombligo del mundo, amén de que se pone muy pesado con sus chistes y bromas. Según está intentando cachondearse de nuevo de mi corto pelo gris y del vello del pecho, le doy un par de buenos tragos al gintonic que he pedido tras desayunar. Seguro que se me nota una expresión de cierta mala leche en la cara cuando, tras mirarle fijamente a los ojos, le "ordeno" que me invite a tomar una copa a su habitación después de comer y que también esté su amiguita italiana.

 

En la piscina del hotel causo sensación entre aquellos que con anterioridad me habían visto como una especie de peludo oso negro y ahora más bien me ven como un oso polar. Antonio sigue con sus chanzas a mi costa pavoneándose ante las italianas con las que se han enrollado mis compañeros y yo estoy deseando que llegue la hora del café.

 

Nunca me han gustado especialmente los hombres, aunque hace años tuve una experiencia sexual que me resulto gratificante. Hice el servicio militar como oficial de complemento y en el cuartel de infantería en el que estuve tuve en mi compañía a varios voluntarios muy jovencitos. Uno de ellos, Mariano, se enamoró de mí, según me confesó una tarde en la que en mi coche le acercaba hasta el barrio de León en el que ambos vivíamos. En principio simplemente me reí, pasé del asunto y no le di mayor importancia a lo que era una chiquillada, hasta que la mañana siguiente, muy temprano camino del cuartel, el chaval empezó a tocarme el rabo por encima del pantalón del uniforme ("por favor, no te enfades, déjame darte gusto; me muero de ganas por chupártela"). No supe o no quise reaccionar, aparqué junto al río al resguardo de unos árboles y tras echar hacia atrás el asiento del conductor, Mariano sacó mi polla, ya tiesa y dura, para inmediatamente hacerme una estupenda mamada que me hizo eyacular en unos pocos minutos. Mi orgasmo creo que se vio incrementado al ver con qué gula y glotonería se tragaba el soldadito mi esperma, después cerró los ojos y se cascó un pajote a toda velocidad hasta correrse dando un corto ronco grito.

 

Nunca hablamos nada al respecto, simplemente yo me dejaba hacer y casi todos los días, camino del cuartel, el chaval me hacía una gratificante mamada y él se masturbaba después. En varias ocasiones vino a mi piso y con gran facilidad conseguí darle por el culo, lo que me excitó y gustó mucho, aunque no lo repetí cuando acabó mi mili y dejé de tratar con Mariano. Hasta hoy casi nunca había vuelto a pensar en ello, supongo que dando por sentado que, sexualmente, lo mío son las mujeres.

video porno
porno français
redtube
xnxx
xvideos
youjizz
youporn
pornhub
tub8
xhamster
beeg
cam4
sexe gratuit
brazzers
rabbitfinder
bobvoyeur
socialporn
beurette
mustvideos
bestamat
dailyplaisir
mesvip
v2q
luxuretv

Antonio y su amiga Eleonora ya han tomado varias copas cuando llego a la habitación, de manera que tienen un puntito alegre que intento alcanzar bebiendo un gintonic. Cuando miro fijamente a Antonio a los ojos y le "ordeno" que se disponga a darme gusto no puedo dejar de maravillarme porque inmediatamente se acerca para besarme largamente en la boca, desnudarme y acariciar suavemente mi rabo. En los primeros momentos la italiana parece estar algo cortada o quizás molesta, así que fijo mi mirada en sus ojos y "llevo a su ánimo" que estamos aquí para disfrutar al máximo, por lo que momentos después le asoma la sonrisa al rostro, se desnuda y pone una expresión morbosa que me resulta excitante.

 

Antonio se da bastante arte chupando mi rabo y en pocos minutos la tengo tan dura como cuando era un quinceañero, así que creo llegado el momento de darle por el culo. Le pongo a cuatro patas encima de la cama y llamo a Eleonora para que le ensalive y le coma el ojete durante un rato (el cabronazo de Antonio da unos grititos de loca según le va metiendo la lengua la italiana que me ponen la polla como un trozo de metal), amén de introducirle el dedo con lubricante mientras yo me pongo un condón. Mentalmente "ordeno" a la mujer que no se masturbe y que saque unas cuantas fotografías en las que se vea claramente que es a Antonio a quien están enculando.

 

Me cuesta trabajo metérsela y se queja los cuatro o cinco primeros intentos, hasta que consigo meter el capullo de golpe y comienzo un suave metisaca agarrándome al cabecero de la cama (no me apetece tocarle el culo o sujetarme a sus caderas). La italiana, entre foto y foto, no deja de echar abundante saliva sobre mi polla y el culo que me estoy follando con verdadero agrado, todo sea dicho.

 

Hace un par de minutos que Antonio se ha corrido eyaculando suave y blandamente (por cierto, tiene una polla muy larga y estrecha que me parece verdaderamente fea), así que le saco la polla del culo y "ordeno" que se ponga de rodillas delante de mí para que me quite el preservativo y me coma la polla. Después le pido a la italiana que se arrodille detrás de mí y juegue en mi culo con su lengua. ¡Qué gozada sentir la suavidad de dos lenguas ocupándose de mí!. Aguanto apenas unos instantes más y saco el rabo a tiempo de correrme en la cara de mi compañero de viaje: me gusta ver caer los chorros de mi lefa sobre Antonio y después verle relamerse tragando la leche que lleva a su boca con los dedos. Me aseguro de que la italiana haya fotografiado todo este final.

 

Eleonora está muy cachonda y como ni yo estoy para seguir follando ni la tía me gusta como para hacer un esfuerzo (es guapa, pero está demasiado delgada y casi no tiene tetas), me tomo un trago de gintonic, le miro fijamente a los ojos y digo: "te acabo de meter el mejor pollón que has tenido jamás en tu coño, siéntelo, muévete y no dejes de tocarte el clítoris. Te vas a correr como nunca lo has hecho hasta hoy; ah, que no se te olvide contarle a tus amigas que soy un amante maravilloso". Antes de que termine de vestirme se ha corrido dando unos gritos que parece que la están matando. Me llevo la cámara fotográfica y allí los dejo dormidos sobre la cama.

Anda que no van a tener éxito las fotos de Antonio cuando las cuelgue en Internet y, discretamente, se lo comunique a todo el personal del ayuntamiento de mi pueblo, de León y lugares limítrofes.

 

A la hora de la cena estoy que no me tengo en pie y, por supuesto, mi polla tampoco. La quinina es una maravilla pero no hace milagros con mi capacidad amatoria, así que tras la cena le "ordeno mentalmente" a Diana que sienta que ya hemos follado lo suficiente y se vaya a dormir a su habitación satisfecha de mi fabulosa actuación sexual y, por supuesto, que no deje de contarle a sus amigas que tengo un tremendo pollón y soy un amante estupendo. Ya es el momento de romper con ella.

 

Una de las maestras italianas se ha debido creer la publicidad que de mis dotes de amante ha hecho Eleanora. Tras el desayuno se ha acercado a mí con evidentes ganas de rollo; bueno, pues me parece muy bien, así que tras pedir unas copas subimos a su habitación. Margherita es de estatura mediana, delgada, morena con abundante melena muy rizada y al desnudarse se ve que tiene de todo, de tamaño pequeño, pero en su sitio: pechos pequeños, como si fueran limones puestos de punta con rosados pezones, caderas redondeadas dando abrigo a un culo pequeño y respingón, piernas largas y finas y una total y absoluta depilación. Jamás había estado con una mujer sin un solo vello en su sexo. Me resulta muy excitante.

 

En silencio, con lentitud y mucha tranquilidad, la italiana va lamiendo todo mi cuerpo al mismo tiempo que no para de acariciarme el rabo con las manos. Se para un rato mordisqueando mis pezones, baja hasta mi ya excitada polla y tras unos cuantos lametones continúa chupando los testículos. Toda la escena es lenta y en silencio. Tengo muchas ganas de penetrar su sexo, me atrae que no tenga vello, que sea de piel tan oscura y que se vean sus labios vaginales muy mojados y brillantes.

 

Se apoya en el brazo del sofá doblando la cintura y ofreciéndome su empapado coño. Ni siquiera mi rápida penetración arranca de ella más que un breve suspiro. Empieza a moverse suavemente antes de que yo comience a empujar. Me amoldo a su ritmo (no recuerdo un polvo tan lento y cómodo para mí como éste) y me dejo llevar por él. De repente aumenta el ritmo y empieza a gemir, un momento más tarde parece que monto en una atracción de feria que se mueve bruscamente a derecha e izquierda, arriba y abajo. Me tengo que agarrar con fuerza a sus caderas mientras los gemidos pasan a ser gritos fuertes, hasta que un sonoro y largo suspiro me da idea de su orgasmo. Las convulsiones de su coño duran bastantes segundos.

 

Hasta este momento no he utilizado el poder mental con Margherita, pero tomo un par de tragos de gintonic mientras me meneo suavemente el rabo para que no se me baje, fijo mi mirada en sus ojos oscuros y le "ordeno" arrodillarse ante mí para que me la chupe con los ojos abiertos hasta que le pida parar.

 

No recuerdo haber bebido demasiado, pero la verdad es que tengo unas irreprimibles ganas de orinar y ninguna intención de ir hasta el cuarto de baño. ¿Solución?: qué gozada es sujetar del pelo a esta complaciente mujer y dejar que el chorro de mi meada salga con fuerza y recorra todo el cuerpo de la arrodillada morena. Termino sobre su cara intentando que algo le entre en la boca a pesar de sus apretados labios cerrados y después le meto la polla en la boca para que me haga una mamada. Me he corrido en pocos minutos y en seguida me despido de Margherita, Me ha gustado, sí señor.

 

Lo que siempre me ha molestado un montón es sentirme transparente para las mujeres, en especial esas típicas tías buenas que te las quedas mirando (y admirando) como un bobo y ellas ni siquiera reparan en ti y ni te ven, como si no existieras. Cómo me ha jodido siempre esa situación que, para mi desgracia, he vivido en demasiadas ocasiones; coño, ¿acaso soy invisible?.

 

Alex (Alejandra) es una de las relaciones públicas del hotel y, desde luego, la mujer más deseada por todos los que aquí estamos. Está como un tren: melena castaño oscuro por debajo de los hombros con mechas de distintos tonos rojizos; alta y grande; rostro de agradables rasgos, morena de piel, penetrantes ojazos marrones, gruesos labios rojos; curvas muy evidentes: tetas altas, llenas, de buen tamaño, caderas anchas, culo grande, prieto y rotundo, muslos de duros músculos y largas piernas torneadas, ... desde luego Alex es un bellezón y está buena como para gritar.

 

Me quedan dos días de estar aquí y he decidido que los voy a pasar con Alex. Me acerco a ella a media tarde tras tomar un gintonic y enseguida aflora a su cara una gran sonrisa profesional y tremendamente falsa que compagina perfectamente con una expresión impertinente en la cara del tipo "ya se yo lo buena que estoy y lo cachondo que te pongo, ¿por qué me molestas?". No me cuesta ningún trabajo "llevar a su ánimo" que está delante de un tipo guapo y atractivo con quien está deseando follar. En cuanto entramos a mi habitación "ordeno" que se desnude y me queda claro que algunas impresiones son peligrosas para el corazón, pero ver desnuda a Alex puede provocar infartos, derrames cerebrales, ceguera momentánea y, sobre todo, dolor de polla y testículos por sobreexcitación. Indescriptible; para mi es el cuerpo perfecto, propio de una diosa. ¡Cómo me gusta y cómo me pone!.

 

Durante las últimas cinco o seis horas he tenido las mejores corridas de toda mi vida y ahora mismo disfruto sintiendo como Alex sigue moviendo frenéticamente sus dedos sobre el clítoris mientras montada sobre mi verga me cabalga rápida y profundamente. En un par de minutos se corre con muchas y apretadas contracciones, un largo y ronco grito y al final una frase medio entrecortada ("¡ay, mamá; qué padre, padrísimo!") que me llega al cerebro, al corazón y a la base de la columna vertebral, pues desde allí me sale la mayor y más larga lechada de mi vida. ¡Joder qué corrida!. Quedamos adormilados durante un rato.

 

Despierto con una sensación de humedad que me gusta, en especial cuando me doy cuenta que Alex me está lamiendo el rabo con gran dedicación hasta que logra ponerme con una erección de las de record mundial. Se tumba a mi lado en la cama y me giro hacia ella para comerle su boca de gruesos labios; subo sobre su cuerpo agarrando y apretando esas dos perfectas colinas morenas de pezones duros y rugosos y penetro lentamente su mojado sexo: cremosamente suave, estrecho y ajustado como un guante, caliente como un gel de lava, mullido y acogedor como un cojín de plumas. Desde el primer polvo hemos congeniado en el ritmo, la presión, la fuerza y el movimiento propios del folleteo. Vamos, que ahora mismo le estoy echando un quiqui de puta madre mientras Alex jadea, gime y me urge a seguir bombeando ("no pares; sigue, cabrón; ándale con fuerza").

 

Llevamos bastantes minutos así y mi polla es un madero tieso que entra y sale del coño de mi pareja según el ritmo rápido, frenético que ella me marca. Su respiración es como el bufido de un toro y se corre durante muchos segundos quedándose quieta y repitiendo de nuevo lo de "¡ay, mamá; qué padre!". Salgo de ella, me echo a su lado intentando recuperar la respiración y me acabo con la mano meneándomela durante apenas unos segundos. Ni semen me queda ya después de esta noche tremenda.

 

No he contado una característica curiosa que a mí me excita sobremanera: su olor. Su morena piel (en especial en la nuca, el canal entre sus pechos, los pliegues del codo y el vello sexual) despide constantemente un suave pero penetrante perfume natural (¿almizcle, jazmín?) que hace pensar inmediatamente en el sexo; seguro que nadie es inmune a ese maravilloso estímulo olfativo. A mí me pone cachondo a tope, ¡qué perfume!.

 

Alex está dormida, me levanto para ir al cuarto de baño y según estoy meando me asalta una idea que me parece la mejor de toda mi vida: quiero a esta mujer para mí, la quiero como compañera, como pareja, como mi mujer. Me la llevo a León conmigo.

 

No me paro demasiado a pensarlo. En cuanto se despierta "ordeno" a la guapa mejicana que me cuente su vida y su situación personal, laboral, sentimental, sexual, … . En cuanto conozco que no tiene familia y que es divorciada sin pareja fija, no lo dudo un instante, "llevo a su ánimo" la necesidad de venirse conmigo y mi total y absoluto enamoramiento por ella. Lo consigo con facilidad y, no se si estará feo decirlo, en ningún momento tengo ningún reparo moral ni ninguna duda.

 

La última noche en Méjico, a la hora de la cena, comunico a mis amigos que conmigo se viene Alejandra. Bocas abiertas de sorpresa, dudas sobre la verdad de lo dicho, enhorabuenas, cachondeo, envidia más o menos disimulada, … reacciones de todo tipo que me la sudan.

El viaje de vuelta a España es un verdadero coñazo con todo el mundo cabreado y deprimido por tener que asumir que se acaban las vacaciones e intentando descansar en las butacas del avión, siempre demasiado pequeñas. Dormida a mi lado va Alejandra (tras unos tragos de gintonic no tuve en el aeropuerto el más mínimo problema para conseguirle billete en el mismo avión de vuelta y que, además, los dos asientos estuvieran contiguos y en zona de ventanilla) y a mí me está rondando una idea por la cabeza que supongo me viene de las películas de Emmanuelle.

 

De las tres azafatas que van en el vuelo una de ellas llama enseguida la atención por su simpatía en el trato con los viajeros. Marcela pone en el cartelito que lleva a la altura del pecho y ahora que el pasaje está en silencio y adormilado creo que ha llegado el momento de interesarme por ella. Al fondo de la cabina están dormitando las azafatas y me dirijo directamente a Marcela para pedirle un gintonic, quien sin poner mala cara se levanta, me lo sirve rápidamente y ante una pregunta mía intrascendente se encuentra con mis ojos fijos en los suyos mientras tomo unos largos tragos del vaso.

 

Cierra la puerta del office y tal y como le "he ordenado" se suelta el rubio pelo que lleva recogido en un apretado moño y se desnuda con prisa. Está buena la azafata, quizás demasiado delgada para mi gusto, pero sus duras pequeñas tetas son preciosas, con unos pezones rosados muy tiesos y duros que me encanta mamar y que provocan suaves gemidos en la mujer. Yo ya tengo el cipote con una conveniente erección y Marcela se pone a acariciarlo arriba-abajo con mano experta, apretando con fuerza el capullo cada pocos segundos y deteniéndose después a darme un suave apretoncillo en los huevos. Cuando le mordisqueo los pezones me ponen muy cachondo los grititos que da ("salvaje, bruto; qué gustito me das"). ¡Cómo me pone!. Me muero de ganas por comerle el coño y a pesar de la estrechez del lugar en donde estamos me arrodillo y me pongo a hacerlo con verdadero éxito ("sí, sí, dame lengua; no pares, chupa") hasta que empieza a golpear mi cara con su pelvis y a restregarse con bastante fuerza ("sigue, quiero correrme"). Estoy completamente empapado de densos jugos vaginales y salivales, utilizo toda mi cara intentando comerle el sexo y agarro el duro culo con dedos como garfios para detener el rápido movimiento de la azafata, cuando un grito contenido ("aaayyyyyyyy") me indica el orgasmo, seguido de movimientos convulsos durante unos pocos segundos.

 

Otra de las azafatas intenta abrir la puerta y cuando lo consigue lo primero que ve es a Marcela desnuda, arrodillada ante mí, mamándome la polla a mucha velocidad, con prisa, con los ojos muy abiertos y el cuello muy tieso porque le doy fuertes tirones de pelo como si su melena fueran unas riendas. Me encanta la expresión de sorpresa de la cara de la segunda azafata, quien rápidamente entra al office, cierra la puerta y se pone a mirar el espectáculo que finaliza poco después con una tremenda lechada por mi parte que va a impactar en la cara de la rubia comepollas, quien me lame el rabo durante bastantes segundos más para dejarlo bien limpio y brillante. Después me sube los calzoncillos, el pantalón, abrocha mi cinturón y, aún completamente desnuda, me sirve un vaso de agua que me llevo al salir camino de mi asiento. Duermo muy a gusto todo el resto del viaje.

 

La vuelta a casa ha sido excepcional gracias a la presencia de Alejandra a mi lado. Todas (y todos) las cotillas del pueblo han tenido tema de conversación y como en los primeros días detecté rechazo y un cierto cachondeo xenófobo, se me ocurrió dar una fiesta en casa para amigos, compañeros de trabajo y notables del pueblo. Con todos me detuve a hablar al menos un momento, les miré a los ojos tras tomar un gintonic y … problema resuelto. Alex es hoy una mujer integrada, respetada, admirada y, por supuesto, deseada en el pueblo.

 

Cuatro meses después de volver de Méjico pedí la excedencia en el ayuntamiento y he comprado a bajo precio (gracias a la quinina, claro) un buen local en la zona de copas de León capital. En pocas semanas han quedado listas las reformas y ahora somos dueños, Alex y yo, de un elegante disco pub que se ha puesto rápidamente de moda. En el local contiguo hemos montado un pequeño, discreto y coqueto sex-shop que sólo abre por la noches y que está siendo la gran sensación del momento. Alejandra es la encargada de este negocio y me ha sorprendido gratamente por su capacidad para este trabajo. Ah, el mes pasado nos casamos Alex y yo: esta mejicana treintañera es la mujer más guapa y atractiva que he conocido en toda mi vida, pero además es agradable, simpática, cariñosa, inteligente, culta, ... llama la atención desde cualquier punto de vista y desde luego, ¡qué buena está! y que sexo tan cojonudo tengo con ella.

Por cierto, casi nunca utilizo mi poder con Alejandra, no me suele hacer falta y creo que ella está a gusto conmigo sin que yo la controle mentalmente, o al menos esa ilusión me hago.

 

Me siento feliz por primera vez en mi vida y a gusto conmigo mismo además de que tengo más sexo del que puedo atender (quién me lo iba a decir a mí), pero gracias al suceso del rayo y el poder que me traspasó voy a poder darme el gustazo de vengarme de una persona. No se si me lo merezco, pero sí que lo deseo hace tiempo.

 

Carmen es una compañera del ayuntamiento con la que salí hace tiempo y a quien recuerdo como una calientapollas de quién nada obtuve salvo algún magreo, dolor de huevos y matarme a pajas. A todo el mundo le contaba en el ayuntamiento que yo no me comía una rosca con ella y que era demasiado tímido. Ciertamente he estado bastante resentido con Carmen desde entonces.

 

Hace unos tres años que tenemos poco trato aunque nos vemos casi a diario en el trabajo y en el pueblo. Me hago el encontradizo a la hora de salir, me intereso por ella, charlamos un rato tomando una copa y discretamente fijo mi mirada en sus ojos, mandándole "mensajes mentales" que la predispongan a tener sexo conmigo, lo que se traduce en que me lleva a su piso poco después.

Nada más cerrar la puerta le "ordeno" que se desnude y que se exhiba para mí. Creo que tengo razones para estar cabreado con ella porque en su día nunca llegamos a follar, dado que a sus cuarenta años está muy buena: delgada, guapetona, pelo teñido muy negro y muy corto con largo flequillo, ojos grises claros, más bien bajita, tetas grandes para su menudo cuerpo, muy picudas, con areolas muy oscuras, un culo pequeño redondo, alto y duro, piernas finas y el vello del pubis casi completamente rasurado, a la brasileña, con un fino cordón de negro pelo. Está maciza la muy calientapollas.

 

Tengo a Carmen encima de una mesa baja del salón, desnuda, a cuatro patas. He procurado "llevar a su mente" que olvide pronto la sesión de castigo que voy a propinarle, aunque igual me da. Que se joda, ahora lo que quiero es disfrutar pasándome con ella todo lo que me apetezca y hacerle pagar las veces que no quiso joder conmigo.

 

Llevo muchos minutos acariciando y lamiendo con manos, labios y lengua todo el cuerpo de la mujer. Me gusta mucho su coño afeitado, pero creo que nunca hasta ahora había mamado y mordisqueado unos pezones tan largos; ¡qué maravilla!, ¡qué excitantes!. Se los muerdo más fuerte de lo debido y los estiro con los dientes (por cierto, a mí me fascinan los pezones de mujer, me gusta mamarlos y disfrutar de ellos suave y cariñosamente, pero también con dureza. Los pezones grandes y oscuros y esos otros semiocultos por la areola que llaman en brioche son los que más me ponen). Carmen comienza a quejarse ("me haces daño pero me pones a mil; por favor, dame gusto, quiero correrme ya"), al mismo tiempo empiezo a darle unos sonoros y fuertes cachetes en su culo ("aaayyyyyyy, qué malo eres; aaayyyyyyy, cómo me excitas") que provocan en mí ganas de darle más caña. Saco el cinturón de mis pantalones, me separo un poco de la mesa y comienzo a azotar el culo que tengo delante. Despacio, con calma, apuntando, disfrutando del sonido del golpe y viendo como van apareciendo unas bonitas marcas rojas y alargadas. Ahora paso a los muslos y después a la espalda. ¡Cómo mola!; qué pollón se me ha puesto.

 

Me pongo delante de la mujer y le inserto la polla en su boca. Agarro con fuerza el largo flequillo de su pelo y moviendo su cabeza adelante-atrás apenas duro una docena de pollazos hasta que saco el rabo y me corro sobre la cabeza de Carmen. ¡Qué estupendo!. Me encanta ver los chorros de semen sobre los cortos cabellos negros de la mujer.

 

Estoy tomándome tranquilamente mi ya acostumbrado gintonic; la morena sigue excitadísima encima de la mesa, se queja y pide que le meta la polla ("dame gusto, méteme la polla; no aguanto más, por favor; necesito correrme"). Mi respuesta es de total desprecio: sujeto mi polla morcillona con dos dedos y orino sobre el cuerpo de Carmen, que lo acepta sin una sola queja. Después, la dejo cocerse en su propio jugo sin permitirle que se toque durante el rato que tardo en vestirme y cuando le ordeno que se masturbe lo hace de manera frenética, con desesperación. Un fuerte y largo grito me da idea de la corrida de la mujer, que se desploma hasta el suelo. Anoto mentalmente que esos estupendos pezones tengo que volverlos a mordisquear pronto y me marcho contento y satisfecho con mi pequeña venganza.

 

Ya me gustaría haber tenido la capacidad de controlar mentalmente a las personas muchos años antes, pero como dicen por ahí, nunca es tarde si la dicha es buena y, desde que me pasó lo que me pasó, se ha abierto para mí un fabuloso mundo nuevo desde todos los puntos de vista: trabajo, dinero, relaciones personales, sexo, sexo, sexo, … . No paro de follar con mi mujer y con quien se me antoja y después de tantos años de hambre sexual y pajas solitarias, ahora estoy en la gloria. Por cierto, no siempre tomo gintonic, un médico conocido mío me ha recetado unas pastillas de quinina que tienen mayor efecto que la tónica; además, que se pueden tomar junto al Viagra sin efectos negativos.

Les commentaires sont fermés.